Reseña de Como Ser Un Latin Lover
CHAVOS, CHAVAS empezamos con esta reseña que según esta siendo exito en taquilla cuando ni siquiera logro superar la cantidad de los 20 MDD. con la que fue grabada, y hasta ahorita lleva los 12 MDD en venta de taquilla, ya que ni supera la venta de taquilla que lleva Guardianes de la galaxia vol. 2, entonces esto nos hace pensar que no es tan exitosa, pero empezamos.
Máximo (Derbez), el protagonista de How to Be a Latin Lover, es un gigoló que vive de una viejegita (vejita) que se ligó en sus años mozos. Pero después de 25 años de casado, ha entrado en una zona de confort y, enceguecido por su narcisismo, ni cuenta se da de cuando otro joven (Michael Cera), le baja a la esposa, quien lo corre de su mansión dejándolo en la calle. Ahora, Máximo tiene la misión de encontrar a una nueva esposa que lo mantenga como millonario y mientras tanto le suplica refugio a su hermana viuda, la arquitecta Sara (Salma Hayek), a quien lleva más de 10 años ignorando, que vive en un pequeño departamento con su inteligente y estudioso hijo, Hugo (Raphael Alejandro). Su sobrino estudia en un prestigioso colegio de paga, y la niña (Mckenna Grace) que le gusta es la nieta del nuevo blanco de Máximo, Celeste (Raquel Welch), una viuda millonaria de la tercera edad. Hugo puede ser el pase de entrada para que Máximo se acerque a Celeste, así es que lo entrena para que sea un latin lover, supuestamente gane confianza en sí mismo (aunque en realidad no hace otra cosa que menospreciar e intentar esconder la esencia de su sobrino), y así logre que la nieta lo invite a su fiesta que será en la mansión de la abuela. Por supuesto que ni la madre ni el hijo están al tanto de las verdaderas intenciones de Máximo. Los consejos que ofrece al sobrino (camina con seguridad, mantén el contacto visual), similares a las consignas de autorechazo de la publicidad más tradicional, rematan con la máxima machista: “a las mujeres les encanta que les digas qué hacer porque no saben lo que quieren”. Cuando Hugo aplica esto a la práctica, aparentemente falla; pero en el resto de la película, funciona, pues el dinero es el motor principal no solo de Máximo, sino del perdón. Una vez que el personaje de Hayek descubre la manipulación de su hermano, le deja de hablar, hasta que él, a través del dinero de una nueva esposa, le ayuda a que tenga la oportunidad de realizar su sueño. No solamente Máximo no está mal en sus valores y en sus métodos, sino que acaba siendo el héroe.
En la mitología grecolatina, tiempo después de que el Rey Midas deja de convertirlo todo en oro, lo castigan poniéndole unas orejas de burro que él esconde bajo un turbante. No quiero aludir al burro que Derbez dobló en Shreck, pero sí a su momento más lúcido en How to Be a Latin Lover. Cuando llega a un club deportivo en un auto nuevo, uno de los chicos del valet le pregunta cómo le hace para estrenar tantos autos tan seguido; él contesta: “perdiendo la dignidad”. La autodenigración es más chistosa cuando es verdad. Pero perder la dignidad es la peor estrategia para hacerle frente a la imagen ya de por sí degradada de los mexicanos en Estados Unidos. Si a Derbez le ha funcionado la estética de la autodegradación para abrirse paso en una industria que él admira, es una decisión personal y profesional, pero convertir esto en una bandera de rescate de lo mexicano frente a Trump es, cuando menos, manipulador y contraproducente… y deplorable (incluso aunque en gustos se rompan géneros). Películas como How to Be a Latin Lover, más que acercarnos a nuestra esencia como mexicanos o latinos, contribuyen a desaparecer las posibilidades en el imaginario de los espectadores de concebir una vida digna y exitosa fuera de los parámetros que ofrece Hollywood. Es decir, películas así, por más records que rompan, a nivel de respeto, de dignidad y de apertura creativa, nos disminuyen más de lo que nos aportan. Con How To Be a Latin Lover, Derbez se ha confirmado como un paladín más de la cruzada antidiversidad que encabeza la industria de cine más poderosa de Occidente.

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